sábado, 2 de agosto de 2008

A los que se marchan en busca de su camino...


"(...)

Hay varias cosas que un viajero debe hacer cuando llega a una ciudad desconocida: por ejemplo, ir al mercado, pasear en los amaneceres, entrar en los garitos de la noche, buscar la música que hace bailar y cantar a sus habitantes, probar la comida local, asistir a un partido de fútbol o a una ceremonia religiosa, y desde luego leer sus periódicos. Así que me dirigía hacia el mercado de Makokoba, en los arrabales del oeste.
De nuevo, al dejar atrás las avenidas del centro, cruzando Herbert Chitepo Street, me asaltó el olor de África, ese impreciso aroma de flores y de estiércol. era de nuevo el África esencial, como el River Road de Nairobi o el Trechville de Abiyán.(...)"



Las mejores historias de viajeros son aquellas que te impulsan a coger un hatillo, una mochila o un fardo de ropa y te impulsan a seguir un camino desconocido. Los libros de Javier Reverte precisamente te lanzan de esa forma, y teniendo próximo el viaje de la señorita lunes, un viaje que puede ser el inicio de algo todavía indefinido, me he decidido a poner un post sobre "Vagabundo en África", libro archiconocido pero absolutamente necesario para todo viajero que se precie de tal. Javier Reverte siempre ha defendido la condición de vagabundo, "el que vaga solo, mundo adelante, quizá con una meta final, pero abierto a las sorpresas, al capricho o a lo que otros propongan. Quedarse en casa es un poco triste. Huir no está mal, es también una forma de construirse".


Esta es una historia para los que alguna vez en su vida han necesitado verse reflejados en unos ojos extraños, cogidos de una mano fría, tendidos junto a mares nuevos. Para quien prefiere la angustia de lo desconocido a la certidumbre de la jaula de barrotes de oro. Para quien se arriesga a perderlo todo porque sabe que nada tiene hasta que salga a buscarlo. Para los que un día metieron su ropa, sus libros y sus sueños en una maleta para salir a perseguirlos. Para quien sintió los poros de su mente abrirse de par en par, como las puertas de una casa imaginaria, como las olas del mar, como “esa” sonrisa especial. Esta es una historia para los rebeldes consigo mismos, para los inestables crónicos, para los emprendedores emocionales.


Para los que no temen viajar sin brújula y siguen sólo el mapa de sus fantasías. Para los que tienen como religión sus propios mandamientos y rezan tumbados, mirando a la Luna. Para quien podría construir una barca con cuatro troncos de madera firme, un pedazo del cordel que le ate a sus sueños y una vela hecha de su propia camiseta. Para los que se van con un cuaderno en blanco, una pluma sin recambio, su libro preferido. Para los que sentirán siempre, allá donde estén, la magia que ellos mismos sabrán encontrar a cada paso en azules o negros ajenos, en manos que se tienden, en pasos que se dan bailando.


Y estas líneas pueden ser el principio de su historia, la de mi amiga, la de una persona especial que aún no sabe que lo es pero que tal vez lo averigüe pronto. Esta es mi historia. Esta es tu historia.

jueves, 31 de julio de 2008

Del deseo


Lo más lógico es que terminara el relato que dejé a medias sin ningún rubor, quemado por los cincuenta grados a la sombra que fluian desbocados por las calles de Doha, lo sé.

Pero la señorita Lunes viene últimamente burlándose de forma inmisericorde de mi próstata, tanto que la ídem ha terminado por hinchárseme, y quiero mostrar a mi queridísima co-bloggera que aunque sufra en silencio mi falta de amor, mi mente se encuentra en un estado de forma sexual sanamente envidiable.

Me estremezco, ebrio de tí mientras destilas el licor vertiginoso del deseo, enmudezco y no encuentro palabras mientras mis dedos recorren caminos de lava, hasta hundirse en los puentes del vano conocimiento carnal; se pierden, violentos, en rumores de piel indescifrables, hasta disolverse en las sílabas de fuego de tu canción nocturna, sobre tu sexo donde ligeros besos deciden explorarte una vez más, para así verdaderamente amarte.

En nuestros latidos, el rumor de ese primer gemido, de esa primera nota triunfal, encuentra un eco; todo vibra, desprende sudor salado como lágrimas, la respiración se acompasa al ritmo de la noche, haciéndose cada vez más pausada, mientras el aire en torno a nuestros cuerpos nos envuelve como una sábana de terciopelo, hasta que sólo respiramos pequeñas frases inconexas, como en un poema ahogado por el placer. Y en el cielo sobre nosotros, la luna se alza evocando nuestros silencios.

Finalmente vuelves a mí, y me pides que te despierte otra vez con mis labios, que vuelva a desembarcar en las costas de tu ansia, que te ahogue en los acantilados de mi pasión. Pacta una tregua, ríndeme, déjame adorarte, exiges. Quieres despertarte del sueño que te invade, del descenso inevitable hacia las orillas del río Leteo, y reclamas mi cuerpo, hasta que encuentras valles de lujuria en las profundidades de mi alma.

Y cuando la noche llega a su final, y el alba te acuna en su regazo, me abandono a plasmar en tu piel poemas con mi lengua, trazo rimas profanas en recuerdo de la batalla terminada, poemas en sí reticentes que dibujo en tu pecho lleno de pecado, versos que acuchillan tu corazón por el flirteo imperdonable al que me he abandonado.

miércoles, 30 de julio de 2008

RECUERDO


La tarde huele a recuerdo. Y a tierra fértil desnuda, preñada de encantos y semillas.

Huele a sangre derramada por un mapa sin nombres que a todos pertenece, salvo a quien lo sudó con las venas cortadas de esfuerzo, y aún lo suda.

Y a leche materna recién llorada por pechos generosos que nada niegan a quien nada tiene.

La tarde huele a recuerdo… aún no memorizado. Curioso, ¿no es cierto? Saber a que olerá mañana la tarde de hoy.

AMOR DE LIBRO

Las casillas en blanco del crucigrama empezaban a recordarme el test inacabado de mi último examen, un suspenso de los sonados con traca y con pandereta. Eran confusas cuadrículas silbando, pálidas, a la cima del iceberg gustativo, justo donde tendría que haberme mordido antes de haber soltado, a mi jefa, que se metiese el Estatuto por donde su marido no le daba; y donde no debería haber puesto, en mi vida, un solo resquicio de suplicantes palabras que vulnerasen mi rostro al contarlas.

El régimen sexual, emocional y, por qué no decirlo, alimenticio de mis últimos meses empezaba a adelgazarme no sólo las cartucheras -ahora sin metralla para afrontar a chulos y guapos- sino el cerebro, flaco de neuronas inteligentes y egoístas que me sacasen de la mierda de agujero en que me había encajado.

En medio de aquel enjambre de cuadros mudos había una foto que conocía. Era un colega de fondo, de los que no te presentan pero a quien leíste en su día, página a página en noches de insomnio: un novelista de los que mellan.

Mareé en el vaso escritores y amantes, aguados de tanto té, y no pude, por menos, que darles un argumento unido… porque de algún modo cada hombre en mi vida tenía un libro para asociarle.

Carcajada momentánea… y suspiro… vuelta a reír y vuelta al suspiro… y así recodé cada hombre y su autor… que no siempre, curioso, iban bien arrimados.

Pero lo más sorprendente -si es que algo hay ya que me sorprenda fuera de la piedad, la bondad y la nobleza, obsoletos términos de nuestro siglo donde todo se compra y se paga- era que cada amor había empezado encuadernándose en mi librería. Me explico.

La primera pérdida de sesera fue un joven cara de luna con ojos de cabroncete -muy verdes, por cierto- que se presentó como si aquello fuera un cajero y me plantó, tal cual, un libro de Julio Verne. Me dio cien páginas de viajes mundanos de un tipo llamado Fidias y me alargó una rosa, tan roja como mi cara. Se quedó luego mirando, sin más, mi asombro,  esperando a que abriese, no sé si, el título o la boca. 

Después miré mi culo al espejo y noté que aquello era un bien: semipúblico semiprivado, a compartir al gusto y  según San Judas. Así que seguí leyendo, por si las moscas… y así vinieron las cartas, que aunque sin tapa y sin bordes de pasta decían, más menos, lo mismo que cualquier otro pudiese haber publicado reiterándose durante folios: paraules d’amor.

¿Respuestas?, ¿Más libros? No sé, yo nunca compré literatura para enamorar y menos aún escribí epístola alguna que no fuese a un buzón tan propio como un diario.

Aún así mi amorografía, si es que ese vocablo existe, venía empuñada a pluma y con tinta china, por lo rasgado de sus graciosos términos.

Los años -que no pasan sin tacha y tocho- se presentaban escasos de escarceos más allá de un intercambio cordial de sonrisas. Pero para mi asombro, los libros, sin beso trasero y a posteriori, seguían llegando.

Hubo momentos de tregua para mis entregadas aptitudes respecto al amor -pues soy mujer de un solo hombre o sólo un hombre, si bien, puede hacer de mí una mujer, según se mire-  y di besos comisureros de los de hola y adiós, sin saber si aquello implicaba un mañana o una sábana de por medio. De cualquier modo seguí acumulando obras y encuadernando hombres.

Un hippie -con quien estuve liando la madeja de pelo que tenía mientras las lianas de sus sentimientos se conjuraban contra el pijerío de mi pequeña figura- me regaló, el día que asumió, por fin, que con tacones y con pañuelos una mujer bonita sigue siendo una mujer bonita, te guste o te guste -porque yo le gustaba- , una biografía de alguien que, si mal no recuerdo, emprendía su  vida entre tribus y se limpiaba de occidentalismos baldos. Aquello, más que un regalo era un fetiche, el suyo.

Así que conocí a mi chico y sus sueños frustrados. Hasta el punto frustrados que no sabía ni como narrar el suyo compartiendo el mismo final.

Y de finales iba lo nuestro, porque duró lo que duró la lectura.

Entre otras muchas personas, a la que más amé -sin duda en aquellos tiempos en que una no sabe lo que es amar pero lo va intuyendo- es la que no me dio ni a leer ni a besar. Aunque algo sí me dio, y no poco. Lo que me dio, y quizá lo mejor que ahora tenga, fue un algo que contar, fue un algo que escribir.

Verbigracia de mis tristes comienzos empecé un relato tal cual se imprime, como éste, y ya no paré hasta ahora que: escribo coma y sigo contando; que pongo punto y sigo narrando; que pulso tecla y sigo pulsando… Y así pasando por Noha Gordon en un día de cumpleaños en que estrenaba novio, hasta parar en Noches de Reyes donde esperas carbón del dulce y terminas con una sonrisa de oreja a oreja, un best-seller y un beso bien peleado.

Ayer o mañana escrito hace un par de días, recibí un regalo…

Ahora, frente al maldito apartado de juegos cruzados de un periódico ojeado en cualquier parte donde tomar café, no sé si seré yo quien no encuentre palabras para este crucigrama de vida que tengo, o si será el crucigrama quien no encuentra a mi yo para esta vida de palabras que tengo.

Sólo sé que paseo: un autor favorito, un libro pendiente y una novela que releer con el mismo placer que siento cuando alguna persona me mira y ve en mí un libro abierto. 

Fotos...




Impresiones desde Qatar




La señorita Lunes termina de echarme la bronca porque no he posteado nada desde mi habitación de hotel en Doha, Qatar, y tiene razón, pero el tiempo nos esclaviza demasiado, y me ha dejado poco lugar para el asueto. En fin, creo que ordenaré mis ideas una vez haya vuelto a casa, y trataré de reflejar la idiosincrasia de unas gentes que me han sorprendido por muchos motivos, y que han roto algunos (no todos) de los clichés que mi mente les había otorgado.

Los qataríes son gente de poco pasado con gran futuro, temerosos de que los occidentales se lo arrebaten, junto con sus costumbres, pero conscientes de que los necesitan para salir de la opulencia inculta en la que durante años ha vivido su país. Confiados para determinadas cosas, hospitalarios, inflexibles en aspectos para nosotros incomprensibles... se podría hacer un doctorado en sociología analizando la sociedad qatarí, en la que conviven mezclados, que no agitados, árabes, hindúes, filipinos, malayos, británicos, nepalíes... cada uno con sus aspiraciones trabajando por un fin común: obtener riqueza para Qatar, lo que redundará en la suya propia, de un modo u otro.

Así que para distraernos, y no hacer enfadar más a Miss Monday, voy a postear unas líneas de un relato que escribí hace 14 años, pero que de algún modo es muy querido por mí. Como tengo que pelearme por la maleta, voy a poner sólo la primera parte, que ya habrá tiempo de terminarlo.

CONFIA (I)

Una mancha en el suelo. Roja. Sangre Oscura. Gota a gota sigue deslizándose por entre los dedos de su puño cerrado. Aprieta. Con más fuerza. Cae más sangre. El dulce aroma de muerte impregna el ambiente, húmedo, llena el lóbrego cuarto. Junto a la mancha carmesí, un cuerpo. De mujer. Sin vida. La boca torcida en mueca patética y burlona. En eterno rictus. Ojos vidriosos observan a Miguel. Clavados en su cara, expresan sorpresa, incredulidad. Y el joven se extraña. ¡Cuánta intensidad llega a destilar las pupilas de un cadáver!

Nada se mueve. Ella no puede. El no quiere. El tiempo sigue su curso, inalterado, pero parece haber olvidado visitar este lugar. Pasan segundos. Y luego minutos. Horas. Todo igual. Un cuadro grotesco y macabro. Terrorífica escena sin movimiento. Y los ojos de Miguel, dos pozos de siniestra negrura.

De pronto, un ruido. Algo metálico choca contra el suelo frío. Un cuchillo de cocina. Todo cubierto de líquido escarlata. Líquido que corre por su filo para caer sobre las losas azules del cuarto, sumido en la oscuridad, envuelto en sombras. Y Miguel, erguido como cruel ángel vengador en este aciago día, retrocede unos pasos. Se golpea contra la pared. Cae lentamente. Sin reaccionar. Abrumado quizá por la dantesca visión que se despliega ante él. Los recuerdos se agolpan en su mente, aturdiéndole todavía más. Se olvida de esta habitación, de esta escena, de este instante. Marcha lejos, a otro lugar. En otro tiempo. Solos ella y él, como ahora. Pero sin muerte, sin dolor. Sólo infinita ternura.
- - ¿Por qué estás tan serio? ¿Te ocurre algo? Venga confía en mí. ¿Por qué no me lo cuentas?

(continuará... o no)

lunes, 28 de julio de 2008

domingo, 27 de julio de 2008

Otro de mis predilectos...

LA VOZ A TI DEBIDA

"Tú vives siempre en tus actos. 
Con la punta de tus dedos 
pulsas el mundo, le arrancas 
auroras, triunfos, colores, 
alegrías: es tu música. 
La vida es lo que tú tocas. 

De tus ojos, sólo de ellos, 
sale la luz que te guía 
los pasos. Andas 
por lo que ves. Nada más. 

Y si una duda te hace 
señas a diez mil kilómetros, 
lo dejas todo, te arrojas 
sobre proas, sobre alas, 
estás ya allí; con los besos, 
con los dientes la desgarras: 
ya no es duda. 
Tú nunca puedes dudar. 

Porque has vuelto los misterios 
del revés. Y tus enigmas, 
lo que nunca entenderás, 
son esas cosas tan claras: 
la arena donde te tiendes, 
la marcha de tu reloj 
y el tierno cuerpo rosado 
que te encuentras en tu espejo 
cada día al despertar, 
y es el tuyo. Los prodigios 
que están descifrados ya. 

Y nunca te equivocaste, 
más que una vez, una noche 
que te encaprichó una sombra 
-la única que te ha gustado-. 
Una sombra parecía. 
Y la quisiste abrazar. 
Y era yo."

Porque siempre terminé muriendo por ella...






“El destino es un loco y la vida, o la vivimos con el frenesí del escándalo o nos mata con su mojigatería”

NO ES QUE MUERA DE AMOR, MUERO DE TI....
No es que muera de amor, muero de ti.
Muero de ti, amor, de amor de ti,
de urgencia mía de mi piel de ti,
de mi alma, de ti y de mi boca
y del insoportable que yo soy sin ti.
Muero de ti y de mi, muero de ambos,
de nosotros, de ese,
desgarrado, partido,
me muero, te muero, lo morimos.
Morimos en mi cuarto en que estoy solo,
en mi cama en que faltas,
en la calle donde mi brazo va vacío,
en el cine y los parques, los tranvías,
los lugares donde mi hombro
acostumbra tu cabeza
y mi mano tu mano
y todo yo te sé como yo mismo.
Morimos en el sitio que le he prestado al aire
para que estés fuera de mí,
y en el lugar en que el aire se acaba
cuando te echo mi piel encima
y nos conocemos en nosotros,
separados del mundo, dichosa, penetrada,
y cierto , interminable.
Morimos, lo sabemos, lo ignoran, nos morimos
entre los dos, ahora, separados,
del uno al otro, diariamente,
cayéndonos en múltiples estatuas,
en gestos que no vemos,
en nuestras manos que nos necesitan.
Nos morimos, amor, muero en tu vientre
que no muerdo ni beso,
en tus muslos dulcísimos y vivos,
en tu carne sin fin, muero de máscaras,
de triángulos oscuros e incesantes.
Muero de mi cuerpo y de tu cuerpo,
de nuestra muerte, amor, muero, morimos.
En el pozo de amor a todas horas,
inconsolable, a gritos,
dentro de mí, quiero decir, te llamo,
te llaman los que nacen, los que vienen
de atrás, de ti, los que a ti llegan.
Nos morimos, amor, y nada hacemos
sino morirnos más, hora tras hora,
y escribirnos y hablarnos y morirnos.

BELLE ÉPOQUE